Scott Gregory, tras un devastador 92 en el U.S. Open 2018, superó la humillación y los yips, redescubriendo su pasión por el golf como profesional de la PGA.
La imagen de Scott Gregory en el primer tee de Shinnecock Hills en el U.S. Open de 2018 es una que él y el mundo del golf no olvidarán. Con una tarjeta de 92 golpes en la primera ronda, lo que para muchos fue un espectáculo cruel, marcó el punto más bajo en la carrera del talentoso británico y una crisis de identidad profunda.
Gregory, un prometedor amateur que había ganado The Amateur Championship en 2016, jugado el Masters y The Open Championship, y compartido rondas de práctica con su ídolo Justin Rose, e incluso conversado con leyendas como Tiger Woods y Jack Nicklaus, vio cómo su carrera se desmoronaba. Ese fatídico 92 no solo fue un número, sino el detonante de años de frustración, los 'yips' con el driver y una profunda desilusión con el juego que amaba.
“Perdí mi cerebro y mi técnica en una semana y nunca los recuperé realmente”, confesó Gregory, ahora de 31 años, quien evitó hablar del tema durante mucho tiempo. La humillación se magnificó en redes sociales y con preguntas constantes que lo perseguían, anclándolo a ese amargo recuerdo.
Tres años después de abandonar el golf profesional, Gregory buscó ayuda. Después de probar con varios psicólogos deportivos, encontró un punto de inflexión en la terapia de trauma. Aunque el golf no era un 'trauma' en el sentido clásico, los principios aplicados le permitieron desprenderse de las emociones negativas ligadas a Shinnecock, estableciendo nuevas metas y practicando el autoconocimiento.
El verdadero renacer llegó de la mano de una nueva vocación: convertirse en un profesional de la PGA. Al regresar a su club de la infancia, Corhampton, y empezar a enseñar, Scott Gregory redescubrió la alegría pura del golf. La emoción de ver a jóvenes aprender y mejorar se volvió “infecciosa”. Compartir sus propias experiencias, incluso las de su 92, con una sonrisa, ha sido catártico.
“La calificación de la PGA me salvó como golfista”, afirma Gregory. Ahora, bromea con sus alumnos: “La gente dice, ‘Oh, jugaste en cuatro majors’ y yo digo, ‘No, jugué en tres. Participé en el otro’”. Su nueva perspectiva lo ha transformado de un competidor resentido a un narrador apasionado, orgulloso de sus logros amateur y profesional, incluyendo los dos eagles que hizo en su única aparición en Augusta National en 2017.
Scott Gregory ha vuelto a la competición, esta vez en torneos locales de la PGA, impulsado por el amor puro al juego, no por la necesidad de demostrar nada a nadie. Su historia es un testimonio de resiliencia y la búsqueda de un propósito genuino, lejos de la presión de los focos, pero con la mirada fija en el disfrute del golf.